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La tuberculosis (TB), la enfermedad infecciosa más antigua del mundo, sigue siendo también una de las más mortales. Solo en 2024, la TB mató a unas 1,23 millones de personas, más que la suma de malaria y VIH/SIDA juntas.

Pero a diferencia de las crisis de salud global que generan pánico inmediato, como el COVID-19 y el Ébola, la TB rara vez aparece en los titulares hoy en día, ni provoca respuestas de emergencia por parte de los responsables políticos. En cambio, la enfermedad sigue matando de forma silenciosa, como un murmullo constante de fondo en la salud global, cobrando más de mil millones de vidas desde que se comenzaron los registros en 1882.

Esa invisibilidad refleja la frustrante historia de la enfermedad. Hoy la TB es prevenible y curable; en la mayoría de los países ricos, se considera algo del pasado. Sin embargo, sigue afectando de manera abrumadora a los países de ingresos bajos y medios. Cada año surgen millones de casos nuevos en todo el mundo, pero desde 1921 no se aprueba una nueva vacuna — y realmente la necesitamos. La única vacuna disponible, la Bacilo Calmette-Guérin (BCG), sigue siendo una defensa potente para bebés y niños pequeños, pero protege muy poco a adolescentes y adultos.

El resultado es un gran paradoja: la enfermedad infecciosa más antigua del mundo — contra la que ya existen tratamientos efectivos y herramientas básicas de prevención — sigue siendo también la más mortal.

Veamos por qué avanzar ha sido tan difícil, pero también por qué, por primera vez en años, la ciencia tiene motivos para pensar que este estancamiento histórico podría estar llegando a su fin.

¿Qué es la tuberculosis?

La tuberculosis es causada por el Mycobacterium tuberculosis, una bacteria que se transmite por el aire. Se contagia cuando una persona infectada tose, estornuda o incluso respira cerca de ti. Es asombrosamente común. Cerca de una de cada cuatro personas en el mundo (alrededor de dos mil millones) tiene la bacteria de la TB dormida en su cuerpo.

Esa cifra puede sonar apocalíptica, pero la mayoría nunca llega a enfermarse. Muchas veces, el sistema inmunológico logra contener la bacteria. Pero en alrededor del 5-10% de las personas, la infección se activa, dañando los pulmones o expandiéndose al cerebro, huesos u otros órganos, con consecuencias devastadoras. Cada año, eso significa que 10 millones de personas desarrollan TB activa.

No fue hasta mediados del siglo XX que los antibióticos transformaron la tuberculosis, de una condena casi segura, a una enfermedad curable. En los países ricos, con buenos sistemas de salud, nuevos diagnósticos y tratamientos, junto con mejoras en viviendas, alimentación y condiciones laborales, lograron desaparecer la TB del día a día.

Sin embargo, en gran parte del mundo la enfermedad nunca se fue. Más del 95% de los casos ocurren en países de ingresos bajos y medios, donde las condiciones ideales para la TB — como viviendas hacinadas y mal ventiladas, mucho nivel de desnutrición y enfermedades crónicas, y sistemas de salud sobrecargados — son lo más común.

Llega una vacuna, pero no soluciona todo

La vacuna BCG fue un verdadero logro científico al ser introducida en 1921. Desarrollada a partir de una cepa debilitada de tuberculosis bovina, bajó drásticamente las muertes infantiles graves por TB. Hoy, alrededor de 100 millones de recién nacidos reciben la BCG cada año, salvando incontables vidas jóvenes.

Pero solo con la BCG no se podía eliminar la TB. Por un lado, su protección baja con el paso de los años, y es poco fiable en adolescentes y adultos — quienes en realidad son los que más la transmiten (¡los bebés no salen tanto!). Además, su eficacia varía mucho según la región, funcionando mejor en algunas zonas que en otras, especialmente cerca del ecuador, y los científicos todavía no entienden bien por qué.

Image: GAVI/Asad Zaidi

Por eso, el control global de la TB ha dependido sobre todo del tratamiento y no de la prevención. Los antibióticos estándar, conocidos como el protocolo RIPE, pueden curar la mayoría de los casos a bajo coste, si se toman bien durante seis meses o más. Estos fármacos han salvado millones de vidas. Pero el tratamiento es largo, exigente y no puede combatir las cepas resistentes a los medicamentos por sí solo.

En otras palabras, la mayor parte del mundo lleva un siglo luchando contra una pandemia con herramientas de otra época.

¿Por qué es tan complicado crear una vacuna contra la TB?

Desarrollar cualquier vacuna es complicado. Pero crear una para la tuberculosis ha sido especialmente difícil.

Primero, la ciencia aún no entiende completamente qué tipo de respuesta inmune realmente protege a las personas de la TB — lo que hace que probar nuevas vacunas sea todo un reto. A diferencia de enfermedades como el sarampión o la viruela, quienes han superado la TB son susceptibles a reinfección. Incluso tras un tratamiento exitoso, puedes volver a contagiarte.

Segundo, esta bacteria es particularmente resistente. Al contrario de otras bacterias que se propagan rápido como E. coli, la M. tuberculosis crece muy, muy lento. Dentro del cuerpo, se protege con una pared celular gruesa y grasosa, escondiéndose sin síntomas durante años o décadas mientras espera que el sistema inmune baje la guardia. Ya sea por desnutrición, VIH, diabetes u otras causas, el equilibrio se puede romper y la TB latente pasar a activa — pero todo ese tiempo oculta le ayuda a esquivar tratamientos y eventualmente causa cepas resistentes a los medicamentos.

Estas complejidades biológicas explican por qué el desarrollo de vacunas para la TB está lleno de retos. Pero no explican por qué muere tanta gente cuando existen tratamientos.

Una enfermedad, dos realidades

Para entender por qué la TB se ha olvidado en los países ricos pero sigue siendo una amenaza mortal en otros lugares, hay que mirar más allá de la biología y prestar atención a los sistemas de salud global.

La diferencia es clarísima. En Estados Unidos y Europa, los gobiernos usaron unidades móviles de rayos X para detectar la TB temprano, invirtieron muchísimo en prevención y ampliaron el acceso al tratamiento rápidamente. En muchos países con menos recursos, la atención médica es limitada, los diagnósticos se han quedado cortos, y incluso hay categorías enteras de pacientes — sobre todo quienes tienen TB resistente — que han quedado fuera del sistema.

A lo largo de la historia, tratar la tuberculosis (TB) ha sido considerado demasiado costoso.

A medida que la TB fue disminuyendo en los países ricos, también se redujo la urgencia de erradicarla por completo. Esta enfermedad afecta, sobre todo, a comunidades con menos recursos y poca voz en las decisiones globales sobre investigación y financiamiento. Como consecuencia, la inversión en investigación y desarrollo de la TB ha quedado muy por detrás del tamaño real de la crisis.

¿Un punto de inflexión que estamos esperando desde hace mucho?

Stéphanie Masika sostiene a su hija Altheis, de 7 meses, mientras recibe vacunas contra sarampión, polio y tuberculosis, en un centro de salud en Goma, RD Congo, mayo 2025.
Image: © UNICEF/UNI815014/Jospin Benek

Hoy en día, el desarrollo de una vacuna para la TB sigue recibiendo muy poco financiamiento. Los expertos calculan que se necesitan unos $800 millones por año para llevar a los candidatos prometedores a través de ensayos clínicos y que lleguen a usarse en la vida real. 

Pero hay un gran motivo para tener esperanza. Por primera vez en generaciones, la línea de investigación para una vacuna contra la TB ya no está vacía. Más de una docena de candidatas están actualmente en desarrollo, utilizando enfoques que van desde subunidades de proteínas hasta ARNm.

La más avanzada hasta ahora es M72/AS01E, una candidata desarrollada por la farmacéutica GSK junto con el Gates Medical Research Institute. En un estudio alentador de 2019, M72 demostró cerca del 50% de eficacia para prevenir TB activa entre adultos infectados, lo que es un avance increíble.

Si todo sale bien, M72 podría convertirse en la primera vacuna nueva contra la TB en más de un siglo y la primera diseñada para proteger a adolescentes y adultos. Su impacto podría ser transformador, previniendo decenas de millones de casos y millones de muertes en las próximas décadas. Sin embargo, los recientes recortes en los presupuestos globales de salud amenazan con frenar el progreso justo cuando parece que este logro tan esperado está al alcance.

Lo que necesitamos para cambiar la historia de la TB

Se estima que incluso una vacuna moderadamente eficaz contra la TB podría salvar millones de vidas y generar enormes beneficios económicos al reducir los costos de tratamiento y proteger el sustento de las personas. Pero más importante aún, también ayudaría a cerrar una de las brechas más evidentes en la atención médica global marcada por los ingresos.

No olvides que la TB no sigue existiendo porque sea invencible, sino porque se le ha permitido pasar desapercibida entre quienes han tenido la suerte de dejarla en el pasado. Un mundo sin muertes por TB no solo es posible, ¡está a nuestro alcance! Ya sabemos cómo curar la enfermedad, cómo evitar que se propague y, con suerte, pronto tendremos vacunas que la prevengan antes de que pueda empezar en cualquier persona.

La espera de cien años para una nueva vacuna contra la TB refleja prioridades globales, no límites científicos. Los avances que tenemos cerca representan una oportunidad única de corregir esa agenda. Que el mundo decida aprovecharla o no, marcará la diferencia para millones de personas.

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Por Victoria MacKinnon