En todo el mundo, la gente alza la voz por la justicia, la dignidad y los derechos más básicos. Pero muchísimas veces, el precio que pagan por estas necesidades esenciales es su libertad, su seguridad, incluso su vida.
¿Por qué, en 2025, sigue siendo tan caro alzar la voz por la justicia?
Como defensores de derechos humanos, esta pregunta no la hacemos para adornar el discurso, sino desde nuestra propia vivencia. El mundo está presenciando un aumento drástico de la represión hacia las protestas, incluso en estados considerados democráticos. Y el silencio —o peor, la complicidad— de la comunidad internacional es ensordecedor.
El Monitor CIVICUS pinta un panorama inquietante: solo 40 de 198 países mantienen un espacio cívico abierto, mientras que poco más del 72% de la población mundial vive bajo condiciones represivas o cerradas —un aumento respecto al año anterior. Las violaciones a la libertad de expresión aparecieron en 49 países (el 45% de todos los casos), mientras que las violaciones a la asamblea y asociación pacífica representaron un 29% y 26%, respectivamente. De forma alarmante, la detención de defensores de derechos humanos se registró en al menos 58 países.
Este tipo de represión puede ocurrir en cualquier lugar, desde países autoritarios hasta aquellos considerados democracias maduras. Incluso naciones antes reconocidas por sus libertades civiles han sido agregadas a la Lista de vigilancia de CIVICUS por el rápido deterioro de esas libertades.
Cuando las democracias restringen el espacio cívico, los actores autoritarios se sienten con más poder para endurecer su propia represión. Es una tendencia global realmente peligrosa.
Ambos sabemos en carne propia lo que es enfrentar el autoritarismo.
Takaedza viene de Zimbabue, y su camino como organizador de protestas le enseñó cómo se siente la represión estatal de cerca. Hoy coordina esfuerzos globales para proteger el derecho a la protesta pacífica en CIVICUS, trabajando con personas valientes que han sido golpeadas, encarceladas y silenciadas, simplemente por pedir un futuro mejor. Por experiencia propia, conoce sus miedos y sus esperanzas.
Asma fue arrestada en Bahréin por organizar protestas. Hoy está exiliada en Francia porque se atrevió a pedir derechos que nunca deberían ser negociables. En Bahréin le dijeron que podría vivir cómoda mientras no hablara. Al mencionar derechos de las mujeres, derechos de personas presas, el derecho a la protesta pacífica o la libertad de expresión, de repente te conviertes en delincuente.
Actualmente, Asma lidera la campaña Stand As My Witness en CIVICUS, que impulsa la liberación de defensores de derechos humanos encarcelados en todo el mundo. Desde su lanzamiento en 2020 en el Día de Nelson Mandela, Stand As My Witness ha contribuido a la liberación de 31 defensores presos, desde Burundi a Arabia Saudita, Argelia o Zimbabue.
Cuando encarcelan a una persona defensora, a menudo se siente sola, pero saber que su nombre se menciona y su historia se comparte le da fuerzas.
Nos dedicamos profesionalmente a esto, pero también sabemos lo que es ser perseguido y sentirte abandonado, invisible. Al contrario, sabemos lo que cambia la vida cuando el mundo se solidariza contigo.
En todo el planeta, las voces que exigen justicia son vistas como rebeldes, desde las manifestaciones en Georgia contra la ley antiagentes extranjeros, el movimiento #RejectFinanceBill en Kenia, las protestas por justicia electoral en Mozambique y el levantamiento Mujeres, Vida, Libertad en Irán. Entre todas estas luchas hay un patrón claro: el costo de protestar pacíficamente se está volviendo insoportable.
El espacio cívico se reduce a un ritmo alarmante, y cuando los países que deberían ser ejemplo de democracia empiezan a restringir su propio espacio cívico, envían una señal muy peligrosa. Esto da alas a los regímenes autoritarios para reprimir todavía más, sabiendo que no habrá consecuencias.
Más allá de amenazar los derechos humanos, este ataque global contra el derecho a la protesta es un intento de apagar el cambio antes de que siquiera empiece.
Ser perseguido por alzar la voz no es solo un asunto legal: es algo que te toca en lo emocional, mental y personal. El resultado es aislamiento y miedo, además de la amenaza constante de que tu activismo te pueda costar la libertad —o peor, la vida.
Pero también significa resiliencia. Es tener la fuerza de saber que no estás solo. Y ahí entras tú, que estás leyendo esto.
Esta lucha también es tuya. Estas son algunas formas de unirte y mostrar apoyo a quienes lo arriesgan todo por la justicia.
Primero, denuncia siempre las políticas represivas.
Algunos regímenes son sumamente sensibles a la percepción internacional. La presión pública a través de redes sociales, artículos de opinión, cartas abiertas y campañas como Stand As My Witness pueden convertirse en un freno poderoso. En el caso de Asma, la presión internacional sostenida contribuyó a su liberación y la de familiares. Señalar y denunciar funciona. Usa tu voz.
Segundo, practica la solidaridad global para que personas defensoras de derechos humanos se sientan vistas y no olvidadas.
Cuando encarcelan a una persona defensora, a menudo se siente sola, pero saber que su nombre se menciona y su historia se comparte le da fuerzas. Cartas personales, mensajes de solidaridad y el reconocimiento internacional importan. La solidaridad no es solo simbólica: es estratégica. Les recuerda a los gobiernos que el mundo está mirando y asegura a los activistas presos que no están solos.
Tercero, si puedes, brinda apoyo real como asistencia legal, logística o de salud mental.
Muchas personas defensoras de derechos humanos trabajan bajo muchísima presión y con pocos recursos. Donar o apoyar a grupos confiables que ofrecen ayuda legal, reubicación de emergencia, seguridad digital o atención ante traumas puede marcar la diferencia y darles lo que necesiten justo cuando más lo requieren. También, asistir a los juicios (incluso de forma virtual) puede desalentar abusos y visibilizar injusticias. Apoyar el cuidado de la salud mental, también para quienes piden asilo, es necesario y debe ser prioridad desde hace tiempo.
Ayuda a cambiar la narrativa: de la simpatía pasiva a la solidaridad activa.
En ese mismo sentido, antes de mirar lo que pasa lejos, defiende tus derechos y exige que tu gobierno local responda. Eso significa pedir que tus representantes alcen la voz ante injusticias locales y globales, que haya asilo para quienes son perseguidos, y que se cuide el espacio cívico de tu país. La democracia no es estática. Cuando se pierde en un lugar, lo sentimos todos. Si pierdes el derecho a protestar pacíficamente en tu propio país, será todavía más difícil defender los derechos de otras personas más allá de las fronteras.
Después, aprovecha tu plataforma, sea cual sea. Ya seas artista, educador, influencer, estudiante o profesional — utiliza tu espacio para amplificar las voces de quienes defienden los derechos humanos. Lleva sus historias a las aulas, a los medios de comunicación y a los espacios de trabajo. Apóyales públicamente. Ayuda a cambiar la narrativa de la simpatía pasiva a la solidaridad activa.
Y por último, no te olvides de celebrar a quienes defienden los derechos humanos. Muy a menudo, solo escuchamos sobre ellas y ellos en momentos negativos, como cuando son encarcelados o asesinados. Pero su valentía merece ser reconocida. Nomínales para premios, becas y proyectos que cuenten sus historias, esto honra su resistencia y reafirma su dignidad.
A pesar de la represión, no perdemos la esperanza porque hemos visto a lo largo de la campaña Stand As My Witness cómo funcionan la solidaridad y el activismo. El cambio es posible siempre y cuando, en todo el mundo, la gente se organice, resista e imagine un mundo más justo y libre.
Si realmente queremos un mundo donde la justicia no sea castigada, donde la protesta pacífica no sea criminalizada, donde quienes defienden los derechos humanos no arriesguen sus vidas — entonces tenemos que actuar ya. No después. No cuando sea conveniente. Ahora. La solidaridad es nuestra única moneda para sobrevivir.
Takaedza Tafirei es Coordinador del Programa para la Libertad de Reunión Pacífica en CIVICUS y ex organizador de protestas.
Asma Darwish es defensora de derechos humanos de Bahrein y responsable de la campaña Stand As My Witness y de incidencia para MENA en CIVICUS.