La naturaleza no necesita visas: cómo un árbol me siguió del exilio al activismo

Courtesy of Stephen Pech Gai

El desplazamiento por el cambio climático es un fenómeno en crecimiento que se ha vuelto imparable mientras la crisis climática siga sin resolverse. Miles de personas han tenido que huir de sus países a medida que sus tierras se vuelven inhabitables.

Colaborador del Programa Emerging Creatives de Global Citizen, Stephen Pech Gai es un refugiado sursudanés que vive en Zimbabue. Su trabajo creativo se mueve entre la fotografía y la narración escrita. Gai también es un activista ambiental que escribe y organiza acciones en torno a temas de cambio climático, en particular, el desplazamiento climático.

Como parte del Programa Emerging Creatives, cada colaborador ha creado una pieza basada en un problema sistémico contra el que lucha; es una oportunidad para mostrar su talento y habilidades y para que Global Citizen le dé plataforma. Como colaborador creativo de junio de 2025, Gai trabajó en la siguiente historia fotográfica, “Un hogar lejos de casa”, donde reflexiona sobre la importancia de proteger la naturaleza desde la mirada de su experiencia como refugiado.

Cuando éramos niños, nos sentábamos junto al fuego para aprender historias. Historias de héroes y heroínas, contadas como cuentos de hadas, fábulas y mitos. Así construimos nuestro sistema de conocimiento.

No nos enseñaron cómo los seres humanos queman bosques, talan árboles sin cuidado o usan herramientas despiadadas para destruir nuestro mundo. Tampoco nos enseñaron sobre los distintos lugares en los que nos veríamos obligados a vivir, marginados y sin privilegios, lejos de nuestra tierra de origen, esa que mejor conocíamos. Para nosotros, el mundo era algo positivo porque, desde nuestra perspectiva, así era.

Los seres humanos simplemente vivíamos y prosperábamos siguiendo los dictados de la naturaleza. La comida que comíamos, el agua que bebíamos: reconocíamos que todo venía de la tierra.

Pero en el transcurso de nuestra vida, las cosas definitivamente cambiaron: alteramos el equilibrio de la naturaleza. Y entonces llegó el colapso de nuestro entorno y del sistema climático, que define el problema ecológico catastrófico al que nos enfrentamos, y aun así actuamos con una lentitud desesperante.

Stephen Pech Gai abraza un joven árbol de neem que su org. plantó como parte de su programa de reverdecer centros públicos en el Campamento de Refugiados de Tongogara. Su org., Refugee Coalition for Climate Action (RCCA), organiza plantaciones, limpiezas comunitarias y sesiones educativas sobre clima y acción ambiental para concientizar a jóvenes refugiados en el campamento, en Zimbabue.
Image: Stephen Pech Gai

Para las personas desplazadas a la fuerza como yo, el cambio climático ha venido a sellar la posibilidad de volver a casa. Ha agravado nuestro desplazamiento prolongado. Ha aumentado nuestro número y ha hecho que huir sea más duro y que las soluciones se vean todavía más lejanas.

Quienes se supone que deberían recibirnos se preguntan si pueden acogernos o si van a empujarnos de vuelta, porque no existe un mecanismo para proteger a las personas cuyas tierras se perdieron “entre las grietas”: en el mar profundo, reducidas a cenizas por el fuego, o devastadas por la sequía y el hambre.

Estamos atrapados entre no tener un hogar al que regresar y no tener a quién recurrir.

Nunca fue nuestro deseo huir y sentirnos rechazados; nadie quiere estar lejos para siempre. El hogar no es solo el país donde naciste, por nombre: es donde tu herencia cultural está profundamente enraizada bajo tierra. Es donde enterraron a nuestros bisabuelos. Es el lugar donde los árboles que conocimos desde la infancia caen y vuelven a levantarse, y nunca desaparecen.

Pero aunque estemos obligados a estar lejos, podemos enfrentar los problemas comunes de la humanidad desde un nuevo frente. Cada persona tiene algo que aportar.

Hay una oportunidad de crear nuevas historias que impulsen la acción. Los seres humanos pensamos en historias, y nuestras acciones se guían por historias. Quienes escriben deberían estar al frente, empujando la acción climática con su pluma.

Hasta ahora, el personaje ha sido el ser humano. Nuestras historias han puesto al destructor en el centro, y seguimos lejos de encontrar una solución. Por eso la destrucción ha sido mayor en nuestras manos. En este nuevo frente, nuestras historias necesitan nuevos personajes: personajes que no pueden hablar por sí mismos.

Jóvenes de Refugee Coalition for Climate Action (RCCA) escuchan instrucciones para recorrer el bosque antes de la visita al Bosque Chirinda en Mount Selinda, Chipinge, Zimbabue. Tras ver la destrucción del ciclón tropical Idai en Tongogara en 2019, nació RCCA para impulsar a jóvenes a liderar la acción climática.
Image: Stephen Pech Gai

Con el trabajo de mi pluma, estoy empezando un nuevo proyecto: un proyecto que busca personificar algunos de los árboles distintivos con los que crecí. Al hacerlo, espero despertar el respeto que deben ocupar en el corazón de nuestro ecosistema, para librarlos de la crueldad de nuestras manos.

Cuando llegué al Campo de Refugiados de Tongogara, en Zimbabue, todo me era desconocido: la comida, el idioma y el entorno. Llegué en pleno invierno, expuesto a un frío que nunca había sentido en mi vida. Pero lo que me hizo sentir en casa no fue solo la bondad de personas refugiadas que sonreían a pesar de las dificultades, ni la generosidad de zimbabuenses comunes que, de manera intuitiva, veían a los africanos como un mismo pueblo; fue la vista del árbol de neem lo que de verdad me dio esa sensación de estar en casa.

En nuestra infancia, durante los veranos sofocantes del condado de Ayod, en Sudán del Sur, el árbol de neem, con su resiliencia casi mágica y sus hojas siempre verdes que atravesaban todas las estaciones, era nuestro refugio — ya fuera en casa o en el monte mientras cuidábamos el ganado. Cuando nos daba malaria o incluso una fiebre leve, se hervían las hojas amargas del neem y bebíamos la infusión. Al despertar, usábamos ramitas de neem como cepillos de dientes.

En Tongogara, donde las temperaturas llegan a 45 grados Celsius, los hogares que plantaron el árbol de neem tienen un escudo perfecto contra el calor brutal del lugar. La copa del neem no solo da sombra, también da alivio a las mujeres refugiadas que vuelven, agotadas, después de largas horas en los campos de riego.

Ver el árbol de neem en Tongogara no fue solo un recuerdo: fue el símbolo de un hogar lejos de casa. En Sudán del Sur y en muchas partes de África, el neem es conocido como el sanador de muchas heridas. En el Congo lo llaman Aribayini, o “el que cura cuarenta enfermedades”. En Zimbabue, donde no tiene un nombre local dentro de la comunidad en la que vivo, la gente ha llegado a admirarlo.

En una tierra lejana, me alegra que algo de mi hogar haya venido conmigo. Así como el neem resiste la sequía, me inspira a seguir avanzando entre los desafíos indecibles de vivir como refugiado. El neem ha cruzado culturas, igual que las personas refugiadas cruzan fronteras. La naturaleza no necesita visa: los árboles no hacen fila esperando crecer del otro lado de la frontera, y viajan con el viento, las aves y los insectos.

Los neem más grandes del Tongogara Business Centre. RCCA ha plantado más de 1,000 árboles en y alrededor del Campamento de Refugiados de Tongogara, en Zimbabue.
Image: Stephen Pech Gai

En el Tongogara Business Centre, donde está el árbol de neem más grande, los niños que vuelven de la escuela por la tarde suelen pasar por Eric Shop y respirar hondo, de verdad.

Este es el lugar donde los motociclistas, o los Boda riders, esperan pasajeros en su ajetreo diario por salir adelante.

El neem de Eric, en el campamento, es conocido por todo lo bueno. Es más que un punto de referencia: es donde las y los viajeros cansados se detienen y recuperan el aliento, mientras otras personas esperan a que la oportunidad les llegue.

Más allá del límite del campamento de refugiados, el monte (la vegetación natural) ha desaparecido.

Desde que el campamento se quedó sin electricidad en 2014, los refugiados y las comunidades de acogida han recurrido a talar árboles para cocinar, hacer carbón y quemar ladrillos. La tierra ya no se regenera.

Stephen Pech Gai

Stephen Pech Gai
Pictured here, another area degraded by the firebrick business, outside the Tongogara Refugee Camp in Zimbabwe. Due to various factors, over the last few years trees around the camp trees have been cut for cooking, charcoal, and burning bricks.
Stephen Pech Gai

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An area degraded by the firebrick business outside of the Tongogara Refugee Camp in Zimbabwe. Natural vegetation around the refugee camp has become sparse due to a climate-induced energy crisis and a lack of basic resources for refugees.
Stephen Pech Gai

El carbón se hace por desesperación, no por ignorancia. Es lo que algunas personas refugiadas y miembros de la comunidad anfitriona tienen que hacer para sobrevivir, vendiéndolo a otros refugiados que sí pueden pagarlo con las remesas que les envían sus seres queridos desde la diáspora. Un ciclo que no nace de la elección, sino de la necesidad.

Pero el neem casi nunca abunda dentro del campamento de refugiados y prácticamente no aparece en el monte. La comunidad local ni siquiera tiene un nombre para él, a pesar de lo bien que se adapta al entorno.

En un lugar al que le arrancaron el verde, el neem ha vuelto a casa para ofrecer su bondad. Crece en silencio, con gracia, pidiendo poco y dando mucho: sombra y poder medicinal.

Quiero que la gente valore el poder de este árbol. Por eso mi organización, Refugee Coalition for Climate Action,está desarrollando un gran vivero en Tongogara.

Vamos a plantar árboles que sanen el suelo y refresquen el aire. Pero es el neem el que yo busco, mi amigo de la infancia. Es el neem el que debo inmortalizar en mis historias. Si le enseñamos a nuestras comunidades que los árboles pueden hablar, que están vivos y escuchan, la gente tiene que esforzarse por preservarlos. Cuando escribo, no solo estoy contando un relato: estoy preservando a un personaje.


Lee más de Stephen Pech Gai: 

  • The Quarantine of Death — Un relato poético y a la vez inquietante sobre el desplazamiento masivo y el borrado cultural del pueblo nuer durante el conflicto en Sudán del Sur. Lamenta el silenciamiento de una comunidad y la pérdida de identidad frente a la violencia.
  • Hope Away from Home — Ambientada en el Tongogara Refugee Camp, esta historia retrata a una madre y su hija reconstruyendo sus vidas después de huir de la guerra. Muestra el costo emocional del desplazamiento y los pequeños actos que sostienen la esperanza en el exilio.
  • This House is for Cyclones — Un relato detallado sobre la lucha de una madre refugiada por proteger a su familia ante un ciclón inminente, que deja al descubierto la vulnerabilidad climática y la fragilidad de la vida en contextos de campamento.
  • A Journey Back Home — La historia del difícil regreso de un padre desde Harare hasta Tongogara Camp, después de no conseguir empleo.