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Niñas y Mujeres

'Recuerdo los olores, las miradas y el sabor de la esclavitud': Jessa Dillow Crisp comparte su historia

Esta publicación es parte de una serie llamada " Mujeres reales, historias reales  ,"un proyecto social diseñado para promover el conocimiento sobre el sufrimiento, a menudo desapercibido, que padecen las mujeres en diferentes profesiones y lugares de todo el mundo. El proyecto realza a las mujeres que enfrentan sus propias batallas y persisten en lograr lo que se propusieron. 


A medida que el tacto sedoso de mi vestido de novia se movía sobre mi cuerpo, vi un reflejo de mí misma en el espejo.  Parpadeando varias veces, casi no reconocí a las mujeres que me miraban, estaba completamente radiante. La dicotomía de mi boda que parecía salida de un cuento de hadas y las cosas que había experimentado en el pasado era enorme, pero en ese momento lo único que podía hacer era fijar mis ojos en mi futuro esposo y caminar hacia él con una alegría desatada. 

Cinco años antes yo me encontraba en Vancouver mientras el ruido y las luces de las festividades de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2010 se filtraban en mi habitación. Un grupo de hombres me violaron mientras mi cuerpo trataba de desaparecer el dolor intenso y agudo, pero no tenía adónde ir.  Deseaba desesperadamente que eso fuera una pesadilla, pero al no saber los nombres reales de mis proxenetas, comprendí la gravedad de mi situación. Era esclava una vez más.  Las personas que me retuvieron en contra de mi voluntad determinaban lo que me estaba sucediendo y, aunque yo era quien experimentaba el dolor, ellos eran los dueños de mi cuerpo. En respuesta a mi situación, me había tornado totalmente insensible a lo que hacían mis proxenetas: la gente que me había mentido, me había coaccionado y obligado a vender mi cuerpo en busca de favores sexuales de manera que pudieran sacar provecho de mi vergonzoso dolor. Rápidamente trasladé esta ira y odio contra mí misma. 

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Odiaba el hecho de que el abuso y la trata de personas que sufrí desde pequeña me hiciera más vulnerable ante nuevos abusos y dolor. Odiaba el hecho de que confiara en que alguien me ayudaría cuando estuviera sola en una ciudad nueva. Odiaba la forma en que anhelaba la seguridad y buscaba a alguien a quien le importara. Y, sobre todo odiaba, en ese momento, el hecho de que todavía estuviera viva y de haber sobrevivido a mi infancia.

Cuando era una niña, fui abusada sexualmente por miembros de mi familia, que luego me entregaron para que fuera víctima de la pornografía infantil. Poco después de que me utilizaran para actos de pornografía infantil, comenzaron a vender mi cuerpo a un grupo innumerable de hombres y chulos en los suburbios. Fui víctima de la trata de personas en Canadá, pero a menudo me llevaban a EE UU y a otros países con el único propósito de ser objeto de trata. 

Recuerdo los olores, las miradas y los sabores de la esclavitud. Las lágrimas fluyen en silencio. El horror no se puede describir con palabras, que tampoco sirven para referirme a los burdeles a los que me llevaron ni a los hombres y mujeres con los que me obligaron a ser su servidora sexual. No solo llegué a presenciar el asesinato de una de mis compañeras, sino que me di cuenta de que los agentes de policía eran algunos de mis “clientes” y varias veces me esposaron, violaron, y me dijeron que si los delataba me encarcelarían.  Tenía miedo de buscar ayuda mientras en mi corazón estaba marcada la idea de que no valía nada, de que era una mujer indigna, y que solo servía para el sexo.

Cuando tenía 21 años de edad, mi vida cambió por completo después de encontrarme brevemente con una señora que trabaja con sobrevivientes de la trata de personas.  Me dio su número de teléfono en un pequeño trozo de papel y me dijo que si la llamaba me brindaría ayuda. La primera vez que la llamé, me escondí debajo de una montaña de cobijas. Apenas me atrevía a respirar por el temor de que alguien o peor aún, mi chulo, me escuchara. Esa primera llamada telefónica duró solo unos minutos, pero durante esa conversación en susurros, la señora comenzó a hablar con franqueza de mi vida y a echar por tierra algunos de los mensajes negativos que había recibido durante mi infancia y adolescencia.  Ella me dijo que mi valor no era una cifra en dólares relacionada con el sexo y me explicó que mi futuro no tenía por qué construirse sobre un trauma que me había ocurrido.

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Mi escape no fue un cuento de hadas, como una película de Disney; más bien, estuvo teñido por el miedo y los meses de preparación. Estaba aterrada ante lo desconocido; temía ser perseguida por mis proxenetas y abusadores, y tenía miedo de lo que me podría deparar el futuro. Sin embargo, además del miedo, también sentí por primera vez la libertad.  La libertad era poder ver el enorme azul del cielo y mirar las plantas rodadoras flotando en la carretera mientras me conducían a un hogar seguro. La libertad era como un rayo de sol que me besaba la cara. Lentamente, como una flor que comienza a abrir sus pétalos ante la luz del sol, comencé paulatinamente a suavizar mi actitud ante las personas que me rodeaban y empecé a permitir que entrara el amor a mi vida.

Cuando la directora del centro de acogida me sugirió que me inscribiera en un instituto de educación superior, me reí en su cara.  Pensé que estaba loca. ¿Cómo podría ir a la universidad si nunca había acudido a una escuela en mi niñez?  ¿Cómo podría tener éxito si nunca había escrito nada en mi vida y no sabía cómo resolver problemas simples de matemáticas?  Ella me respondió de forma muy sencilla, "si puedes leer podrás aprender cualquier cosa."  Escribí esa frase en mi brazo todos los días con un marcador negro durante más de un año. 

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El pasado mes de mayo, cuando me paré frente a mis compañeros graduandos para dar el discurso que me correspondía por tener las mejores calificaciones del grupo, pasaron por mi cabeza la historia del marcador y muchas otras, incluyendo mi primer día en la escuela cuando me senté en el estacionamiento y lloré porque estaba convencida de que la gente me rechazaría si se enteraba de mi pasado y de las cosas que me habían forzado a hacer. Los milagros no solo son posibles, sino que después de un trauma es posible volver a soñar y vivir plenamente la vida.

No sólo obtuve una licenciatura en Consejería Clínica con un promedio de calificaciones definitivo de 4.0, sino que me casé con el hombre de mis sueños. También estoy estudiando actualmente una maestría en Consejería de Salud Mental Clínica como un paso hacia mi Doctorado en Psicología Clínica en el que me gustaría especializarme en recuperación de traumas. 

Aunque he visto cosas que nadie debería ver y he experimentado cosas que nadie debería experimentar jamás, mis inicios no me definen.  Me niego a dejar que triunfe el mal que viví en mi pasado.  En cambio, mi dolor ahora tiene un propósito. 

Ha sido una larga travesía, pero a través del amor redentor de Dios y de personas protectoras que creyeron en mí cuando no podía creer en mí misma, y de hombres y mujeres que eligieron estar en mi vida a largo plazo y recorrer el duro camino de la curación a mi lado, he cambiado.   Mi pasado ya no tiene el poder para mantenerme cautiva. Soy una vencedora, esposa, estudiante y profesional; soy conferencista, escritora, líder, agente de cambio; en fin, una mujer segura de sí misma que anhela marcar la diferencia en la sociedad.