Nunca ha sido tan fácil comer. Bueno, al menos sobre el papel.
Durante la mayor parte de la historia humana, producir suficiente comida para alimentar a una población en crecimiento fue uno de los mayores desafíos de la humanidad, hasta que llegó el siglo XX. La industrialización, junto con avances en tecnología, ciencia y políticas globales, hizo que la producción de alimentos se multiplicara rápidamente, eliminando un problema de siglos, y dándole la vuelta por completo.
Hoy en día, producimos más comida de la que podemos consumir. ¿No debería haberse resuelto ya la crisis mundial del hambre?
Ojalá fuera tan simple.
Es verdad que producimos un excedente de alimentos, pero el problema ahora no es la cantidad, sino a dónde va esa comida y si realmente es nutritiva. El avance en la lucha contra el hambre global se ha estancado por la falta de acceso y distribución en el mercado, especialmente para los pequeños agricultores.
Cuando hablamos de “acceso al mercado,” nos referimos a la capacidad de los agricultores para llegar a lugares fiables y justos donde vender sus productos al público local; y, del mismo modo, que tengan acceso justo a insumos, herramientas e información necesaria para mantener su trabajo.
Seguro lo has escuchado antes: los pequeños agricultores — mujeres y hombres que muchas veces trabajan menos de dos hectáreas de tierra — son el pilar de la seguridad alimentaria global. Si tuvieran los recursos adecuados, podrían avanzar mucho estabilizando los sistemas alimentarios y reduciendo el hambre mundial. Aun así, aunque un tercio de la comida del mundo la producen pequeños agricultores, muchos siguen atrapados en los márgenes de los mercados que ellos mismos alimentan.
Ahora mismo, estamos en una situación en la que todos pierden. Por un lado, el hambre aumenta porque los agricultores locales no pueden vender sus cosechas. Por otro lado, esos mismos agricultores a menudo ni siquiera pueden alimentar a sus propias familias sin las ganancias y el ingreso que les daría un acceso justo al mercado.
La clave está en que los agricultores tengan acceso real y preparación para el mercado, aunque todavía hay muchos obstáculos que superar.
Desafíos del Acceso al Mercado
El reto para los pequeños agricultores no es solo producir comida, es lograr que llegue a quienes la necesitan, y que sea a un precio justo.
Muchos pequeños agricultores viven en regiones rurales o remotas donde la falta de transporte e instalaciones para almacenar alimentos hace que preservar y distribuir los productos sea complicado. Como la mayoría de los mercados están en centros urbanos, se requiere almacenamiento en frío, lo cual es costoso; si no, gran parte de los alimentos se echa a perder antes de llegar al mercado. La infraestructura vial de mala calidad agrava el problema y vuelve físicamente inaccesibles estos mercados.
Aun cuando logran llegar a compradores, se encuentran con barreras financieras. Sin garantías o historial crediticio, la mayoría no puede acceder a créditos asequibles para comprar semillas, fertilizantes o sistemas de riego. Eso les limita la productividad y los deja dependiendo de prestamistas informales o intermediarios que se llevan parte de las ganancias.
Estos problemas individuales tienen raíces sistémicas. Las políticas agrícolas suelen favorecer a los grandes productores, dejando a los pequeños agricultores fuera, sin el apoyo o la asistencia técnica que necesitan para cumplir con los estándares modernos del mercado.
Si además sumamos las amenazas del cambio climático, los agricultores que ya estaban en desventaja tienen que luchar el doble para poder mantenerse a flote.
¿Cómo se ve realmente mejorar el acceso al mercado?
El acceso al mercado siempre ha favorecido a agricultores comerciales con más recursos y contactos, mientras que los pequeños quedaban fuera. Para cambiar esto, hacen falta soluciones innovadoras e inversión integral. Por suerte, en todo el mundo están surgiendo iniciativas prometedoras en el sector agrícola.
En Sudáfrica, un mercado digital apoyado por el Fondo Kgodiso (KDF), aborda los problemas de mercado y distribución de frente. KDF es un fondo independiente, creado por PepsiCo Inc., que apoya a empresas y agricultores en toda la cadena de suministro del país. Khula! es una de las aplicaciones que financia y conecta directamente a productores con compradores, permitiéndoles comprar insumos de calidad como semillas, y facilitando la logística para mover sus productos al mercado. Al eliminar intermediarios y romper los cuellos de botella tradicionales, la plataforma demuestra cómo la tecnología puede agrupar la demanda y reducir las pérdidas después de la cosecha.
En Kenia, startups como Solar Freeze ayudan a evitar el desperdicio de comida con almacenamiento frigorífico innovador. Este proyecto, ganador de premios, pone a disposición de los agricultores cámaras frigoríficas móviles alimentadas por energía solar, permitiendo almacenar los productos mientras esperan su traslado al mercado. También ofrece transporte refrigerado y ayuda con la distribución, brindando apoyo completo desde el campo hasta la mesa.
Pero el acceso al mercado es solo una parte de la solución; también es clave que las pequeñas explotaciones estén preparadas para ese mercado, es decir, que tengan los recursos, conocimientos e infraestructura necesarios para responder a la demanda de los compradores. Por eso es tan importante que los responsables de las políticas inviertan de forma integral: con fondos, formación, mercados y conocimiento técnico, para que puedan competir en igualdad de condiciones con los grandes productores comerciales.
Pensemos en la agricultora sudafricana Zelda Masoga. Cuando amplió su finca a un terreno comunal más grande, se topó con nuevos desafíos: desde falta de conocimientos técnicos hasta una infraestructura básica insuficiente, recursos que los grandes agricultores suelen dar por sentados. Pero una inversión integral en su emprendimiento le permitió convertir esos obstáculos en oportunidades. Con apoyo en formación, insumos y gestión financiera, Masoga y su equipo pudieron acceder a mercados formales (antes inalcanzables para ellas), e incluso vender papas directamente a PepsiCo, creando una empresa más sostenible y escalable.
Un mundo sin hambre
Sabemos que cuando los pequeños agricultores cuentan con las herramientas adecuadas, conocimientos y redes, y cuando quienes invierten apuestan por el tipo de intervenciones innovadoras que mantienen la productividad de estas pequeñas explotaciones, nos acercamos mucho más a un mundo sin hambre.
Sí, nunca ha sido más fácil comer.
La humanidad ya ha dominado la ciencia de producir alimentos. Ahora falta lograr que todos puedan acceder a ellos de manera justa a través de mercados más accesibles. Hoy el hambre no es un problema de escasez, sino de sistemas. Sistemas que deciden quién puede vender, quién puede comprar y quién se queda fuera.
Estos sistemas deben abrir espacio para que los pequeños agricultores ofrezcan alimentos asequibles y nutritivos a quienes más lo necesitan y, al mismo tiempo, que puedan sostener sus propios medios de vida.
Alcanzar estas soluciones significa comprometerse con los pequeños agricultores, apoyando con inversiones, innovación y políticas justas. Ver a los agricultores no solo como beneficiarios, sino como socios esenciales en la economía alimentaria global.
Nunca ha sido tan fácil comer. Bueno, al menos sobre el papel.
Durante la mayor parte de la historia humana, producir suficiente comida para alimentar a una población en crecimiento fue uno de los mayores desafíos de la humanidad — hasta principios del siglo XX. La industrialización, junto con los avances en tecnología, ciencia y políticas globales, escaló rápidamente la producción de alimentos, erradicando un problema tan antiguo como persistente… y dándole la vuelta por completo.
Hoy, producimos más comida de la que podemos comer. Entonces, ¿no debería estar resuelta la crisis global del hambre?
Ojalá fuera así de simple.
Es verdad que producimos un excedente de alimentos, pero el problema hoy no es la cantidad, sino a dónde va esa comida y si tiene (o no) un valor nutritivo real. El avance para acabar con el hambre global se ha estancado por el acceso a los mercados y la distribución, especialmente en el caso de los pequeños productores y productoras.
Con “acceso a los mercados” nos referimos a la capacidad de los agricultores y agricultoras para llegar a espacios fiables y justos donde vender sus productos a la población local; e igual de importante: que también tengan un acceso justo a los insumos, herramientas e información que necesitan para sostener su trabajo.
Puede que ya lo hayas escuchado, pero los pequeños productores y productoras — personas que a menudo trabajan en menos de dos hectáreas de tierra — son la columna vertebral de la seguridad alimentaria global. Con recursos adecuados, podrían aportar muchísimo para estabilizar los sistemas alimentarios globales y reducir el hambre. Aun así, pese a que un tercio de los alimentos del mundo es producido por pequeños productores y productoras, muchas personas siguen atrapadas en los márgenes de los mismos mercados que sostienen.
Ahora mismo estamos en una situación en la que todos pierden. Por un lado, el hambre aumenta porque los agricultores y agricultoras locales no pueden vender sus productos. Por otro, esas mismas personas muchas veces no logran alimentar a sus propias familias sin las ganancias y los ingresos que trae un acceso real a los mercados.
La respuesta está en la preparación para el mercado y el acceso a los mercados, pero todavía hay obstáculos enormes.
Desafíos del acceso a los mercados
El desafío al que se enfrentan los pequeños productores y productoras no es solo cultivar alimentos, es lograr que lleguen a quienes los necesitan a un precio justo.
Muchos pequeños productores y productoras viven en zonas remotas o rurales donde las limitaciones en infraestructura de transporte y almacenamiento crean grandes problemas para conservar y distribuir los alimentos. Como la mayoría de los mercados se concentra en los centros urbanos, se necesita almacenamiento en cadena de frío (carísimo); si no, gran parte de la comida se echa a perder antes de llegar al mercado. Y si a eso le sumas carreteras en mal estado hacia y desde estas pequeñas explotaciones, el problema se agrava: el acceso físico se vuelve prácticamente imposible.
Incluso cuando consiguen llegar a compradores, las barreras financieras pueden cerrarles la puerta. Sin garantías o historial crediticio formal, la mayoría no puede acceder a préstamos asequibles para comprar semillas de calidad, fertilizantes o equipos de riego. Eso limita su productividad y los deja dependiendo de prestamistas informales o intermediarios que se llevan una parte en cada transacción.
Y detrás de estos problemas individuales hay cuestiones sistémicas. Las políticas agrícolas suelen favorecer a los grandes productores, dejando a los pequeños productores y productoras fuera del radar, sin el apoyo institucional o la asistencia técnica necesaria para cumplir con los estándares actuales del mercado.
Si además le sumas las amenazas del cambio climático, estas personas — ya en desventaja — tienen que librar una batalla cuesta arriba solo para seguir en pie.
¿Cómo se ve mejorar el acceso a los mercados?
Durante mucho tiempo, el acceso a los mercados ha favorecido a agricultores comerciales con más dinero, contactos y recursos, dejando a los pequeños productores y productoras sin opciones. Para cambiar esto, hacen falta soluciones innovadoras e inversiones integrales. Por suerte, en todo el mundo están surgiendo nuevas intervenciones prometedoras en el sector agrícola.
En Sudáfrica, un mercado digital apoyado por el Kgodiso Development Fund (KDF) enfrenta de lleno los problemas de mercado y distribución. KDF es un fondo independiente, creado por PepsiCo Inc., que busca apoyar a pequeñas empresas agrícolas y a pequeños productores y productoras en toda la cadena de suministro del país. Khula! es una de las apps que financia y que conecta directamente a agricultores y agricultoras con compradores, permitiéndoles comprar insumos agrícolas de calidad, como semillas, y facilitando apoyo logístico para mover su producción al mercado. Al eliminar intermediarios y romper cuellos de botella tradicionales, la plataforma está demostrando cómo la tecnología puede ayudar a agrupar la demanda y reducir las pérdidas poscosecha.
En Kenia, startups como Solar Freeze ayudan a reducir el desperdicio de alimentos con almacenamiento innovador en cadena de frío. Esta iniciativa premiada ofrece cámaras frigoríficas móviles alimentadas por energía solar, para que los agricultores y agricultoras puedan guardar sus productos mientras esperan el transporte al mercado. La empresa también proporciona transporte refrigerado y ayuda con la distribución, brindando un apoyo poscosecha completo, del campo a la mesa.
Pero el acceso a los mercados es solo la mitad de la ecuación; también es clave que las pequeñas explotaciones estén listas para el mercado, es decir, que cuenten con los recursos, el conocimiento y la infraestructura necesarios para responder a la demanda de los compradores. Eso implica que quienes hacen políticas públicas tienen que dar un paso al frente con inversión integral: fondos, formación, mercados y conocimiento técnico, para que puedan competir en igualdad de condiciones con los productores comerciales.
Pensemos en la agricultora sudafricana de papas Zelda Masoga. Cuando amplió su explotación a una parcela más grande de tierra comunal, enseguida se topó con nuevos desafíos — desde falta de conocimiento técnico hasta infraestructura básica insuficiente, recursos que los productores comerciales suelen dar por sentados. Pero una inversión integral en su proyecto ayudó a convertir esos tropiezos en oportunidades. Con apoyo en formación, insumos y gestión financiera, Masoga y su equipo pudieron acceder a mercados formales que antes estaban fuera de su alcance, incluso vendiendo sus papas directamente a PepsiCo, construyendo un negocio más sostenible y escalable.
Un mundo sin hambre
Sabemos que, cuando los pequeños productores y productoras tienen las herramientas, el conocimiento y las redes adecuadas, y cuando los inversores respaldan a las pequeñas explotaciones con intervenciones innovadoras que sostienen su productividad, nos acercamos muchísimo más a un mundo sin hambre.
Sí: nunca ha sido tan fácil comer.
La humanidad ya dominó la ciencia de cultivar alimentos. Lo que falta es hacerlo justo a la hora de compartirlos a través de mercados accesibles. El hambre hoy no es escasez: es un problema de sistemas. Sistemas que deciden quién puede vender, quién puede comprar y quién se queda atrás.
Estos sistemas tienen que abrir espacio para que los pequeños productores y productoras puedan ofrecer alimentos asequibles y ricos en nutrientes a quienes más los necesitan — y, al mismo tiempo, sostener sus propios medios de vida.
Lograr estas soluciones implica Comprometer a los pequeños productores
como socios esenciales en la economía alimentaria global, y no solo como beneficiarios.