El conflicto en la R.D. del Congo genera temor al regreso de la polio.

Autor: Jacky Habib

© UNHCR/Charity Nzomo

Con más de 10 millones de personas desplazadas internamente en la República Democrática del Congo (RDC)* y alrededor de 1,1 millones de refugiados buscando asilo en países vecinos, el país enfrenta una crisis humanitaria gravísima. La ACNUR ha calificado la situación como una “catástrofe de salud pública”.

Combates entre las fuerzas armadas congoleñas y el grupo rebelde M23 en el este de la RDC están ligados a problemas de inseguridad que llevan años y a disputas por territorio y recursos, según lo que se ha informado ampliamente. Con el avance del M23 en las provincias de Kivu del Norte y Kivu del Sur, incluyendo ciudades como Goma y Bukavu, los centros de salud de la zona dejaron de funcionar, cuenta Eujin Byun, vocera global de la ACNUR.

“Todos los centros de salud que nosotros [ACNUR] construimos para las personas desplazadas ahora ya no existen. Los destruyeron. No queda ningún servicio. Todo está completamente desmontado, incluyendo las instalaciones de salud”, relató Byun a Global Citizen.

Donde antes había centros de salud básicos listos para atender y canalizar personas, ahora sólo quedan escombros.

Desplazamiento: un riesgo para la salud pública

Personas desplazadas por la violencia en Kivu Sur, Congo, llegan a Cibitoke, Kansega, Burundi, el 11 de diciembre 2025. Imagen: Berthier Mugiraneza/AP

El desplazamiento a esta escala puede aumentar el riesgo de brotes y otros impactos graves en la salud pública.

Hasta septiembre, cerca de 57,000 casos de cólera se habían reportado en la RDC este año, con más de 1,700 muertes. En la vecina Burundi, ya suman más de 2,300 casos y 10 muertes por cólera este año, incluyendo casos en 12 distritos de salud, varios de ellos en la frontera con la RDC.

Vimos que el brote de cólera apareció rapidísimo por la falta de saneamiento. Ellos [personas desplazadas] viven todos apretados. Más de 1,000 personas compartían una sola letrina. ¿¡Cómo puede ser eso!?” dice Byun.

Con sistemas de salud sobrepasados, la atención médica que salva vidas muchas veces no está al alcance para quienes están graves, así que “vacunar a un bebé recién nacido se vuelve un lujo”, cuenta Byun a Global Citizen. Como millones de personas están desplazándose, las organizaciones humanitarias no logran seguir la pista de la gente, mucho menos llevar un registro de las vacunas infantiles. Ella lo define como una situación de “misión imposible”.

Amenazas de que regrese la polio

Matthieu Munganga, vacunador apoyado por UNICEF, da la vacuna antipolio a un niño en Ihusi, Kalehe, Kivu Sur, R.D. del Congo, 10 de septiembre 2025. Imagen: © UNICEF/UNI863837/Mirindi Johnson

Aunque hasta ahora no se han detectado casos de polio por el conflicto, la magnitud del desplazamiento, la destrucción de los servicios de salud y las malas condiciones sanitarias pueden aumentar el riesgo de nuevos brotes. Un brote de polio en la RDC o la región sería un gran retroceso.

La RDC registró 520 casos confirmados de poliovirus circulante derivado de la vacuna en 2022. Esa cifra bajó a 263 en 2023 y a 26 en 2024, lo que implica una caída del 95 % en dos años. Sin embargo, este avance corre peligro.

Personas desplazadas podrían cruzar fronteras por rutas informales, hasta nadando ríos, lo que complica la vigilancia de la vacunación.

“No podemos controlar [la migración], así que fortalecemos la vigilancia comunitaria”, explica Jean Claude Bizimana, Director del Programa Ampliado de Inmunización (PAI) del Ministerio de Salud de Burundi. “Capacitamos a trabajadores comunitarios para identificar a quienes vienen de otros países, y los animamos a vacunarse. No actuamos como policías, ni los denunciamos, solo nos preocupamos por la salud.”

Durante sus rondas, los trabajadores han encontrado niñas y niños sin ninguna dosis de vacuna, ofreciéndoles la oportunidad de vacunarse en una clínica cercana.

“La salud es universal. No separamos entre ciudadanos ni refugiados”, afirma Bizimana, contando que en Burundi las vacunas del gobierno se dan a todas las personas, sin importar su estatus.

Aunque, Byun señala que esto no siempre sucede en todos los países que acogen refugiados. Por la falta de fondos, algunos han dejado fuera a personas refugiadas de las campañas nacionales de vacunación, lo que hace que ACNUR defienda su inclusión, especialmente durante la pandemia de COVID-19. Ante los recortes recientes de ayuda internacional, comenta Byun, las organizaciones humanitarias se ven obligadas a priorizar cosas como la comida antes que las vacunas.

Vigilancia de la salud en las fronteras

En la aldea de Rukana, entre colinas en la frontera entre Burundi y la RDC, vive Pascale Kayobera, un trabajador comunitario de salud súper entregado. Pasa sus días identificando niños y niñas sin vacunas, diagnosticando malaria y educando a la comunidad sobre temas de salud como la malaria.

En una caja de madera guardada en su pequeña casa de ladrillo, Kayobera tiene guantes de látex, medicamentos y carteles con dibujos que dan mensajes de salud educativa.

“Los burundeses entran y salen, y los congoleños también,” le dice a Global Citizen, contando los retos de trabajar en una zona fronteriza. “No es nada fácil llevar a los niños a la clínica [para vacunarse].”

Polio and the DRC

Polio and the DRC
Pascale Kayobera is a community health worker, he spends his days identifying zero-dose children, diagnosing malaria, and educating community members on health issues such as malaria.
Tchandrou Nitanga for Global Citizen

Polio and the DRC

Polio and the DRC
Pascale Kayobera speaks to a community member during a site visit where he discusses health and hygiene, including vaccinations as a part of his visit.
Tchandrou Nitanga for Global Citizen

Polio and the DRC

Polio and the DRC
Here, Pascale Kayobera speaks with community members during site visits in July 2025. Focused on children under five, he maintains a logbook to track visits and illnesses and is often the first person families turn to for medical care in Rukana.
Tchandrou Nitanga for Global Citizen

A menos de tres kilómetros, en el cruce oficial de la frontera Burundi-RDC, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) creó en los últimos meses un sistema de vigilancia de salud, donde se lleva un registro detallado de las niñas y niños que cruzan la frontera y su estatus de vacunación. Muchos padres no tienen registros de vacunas y otros ni siquiera saben exactamente qué vacunas recibieron sus hijos. El personal de salud confía en la buena fe de las familias y ayuda a descifrar qué vacunas les faltan según la edad de cada niño o niña.

Como las familias suelen ir y venir cruzando la frontera – por trabajo en la mayoría de los casos–, algunos niños en Burundi viajan a la RDC sin completar sus vacunas, indica Kyobera. Según él, la RDC no es tan estricta como Burundi en el seguimiento para asegurar que los niños estén totalmente vacunados, así que algunos se quedan fuera del sistema.

Con su libreta, Kyobera apunta la información de los menores que lo visitan y sus enfermedades, ya que él es el primer contacto para atención médica en Rukana para muchos.

Mientras camina por el pueblo, los vecinos se cruzan con él, algunos vuelven de cosechar, otros hacen mandados. Kyobera se topa con Consilla Ndayishimye, una mujer de 56 años que le recuerda cuánto han avanzado a lo largo de los años.

Consilla Ndayishimiye, 56 años, en julio 2025: “Vi niños morir antes del inicio de la vacuna en los 80. Siempre digo a familiares y vecinos que se vacunen.” Imagen: Tchandrou Nitanga para Global Citizen

“En mi época, las niñas y los niños morían montón, pero ahora que han puesto vacunas, puedo pasar un año... sin ver [niños muriendo]”, dice ella.

El programa de vacunación de Burundi fue introducido en 1980, así que cuando Ndayishimye era niña, los niños no tenían protección frente a enfermedades peligrosas como la polio, y ella recuerda a varios de su edad que contrajeron la enfermedad.

Ahora que el acceso a la salud ha mejorado, Kyobera comparte cuánto le motiva este trabajo comunitario, sobre todo en medio de la compleja situación humanitaria por el conflicto armado en la RDC.

“Este trabajo es fundamental para mí, mi comunidad y todo el país”, comenta, recordándonos que la salud pública es parte esencial de una comunidad que va más allá de las fronteras.

Pascale Kayobera en campo durante una visita en julio 2025. “Este trabajo es valioso para mí, la comunidad y el país”, dice Kayobera. Imagen: Tchandrou Nitanga para Global Citizen


*Esta cifra incluye estimaciones tanto para desplazados internos (5,7 millones de personas) como para retornados (casi 4 millones), quienes antes fueron desplazados y han vuelto a sus lugares de origen enfrentando circunstancias difíciles.

Nota de la editora: Este reportaje fue posible gracias a la Beca de Prensa 2025 para Reportajes Individuales sobre Polio de la Fundación de las Naciones Unidas. Forma parte de los contenidos financiados mediante fondos de la Fundación Bill & Melinda Gates de Global Citizen.